Pierre Menard, crítico del Quijote
Por José O. Alvarez
Con el pequeño relato titulado Pierre Menard, autor del Quijote, Borges (444) pone en tela de juicio las teorías literarias que creen hallar en los textos razones que justifiquen la sinrazón de los críticos. El guiño que nos hace al dedicar su escrito a Silvina Ocampo, escritora y crítica, da una pista a los lectores implícitos entre los cuales se encuentra el mismo Menard, sus epígonos detractores, Borges y nosotros mismos, creando de paso una teoría literaria implícita que como práctica creativa se adelantó a las teorías de la recepción.
Uno de los acercamientos conectados con estas teorías de la recepción es el desarrollado por Wolfgang Iser para quien el lector asume el papel protagónico. La lectura establece un proceso creativo que engancha los eventos del texto en una dimensión virtual que une al texto con la imaginación. Todos los espacios vacíos dejados por el autor son rellenados por el lector quien viene a superarlo ya que los textos no pueden contener el cuadro total (la gestalt), sino que son el germen dinámico que permite su crecimiento. En este sentido, El Quijote de Cervantes, sería un pretexto seminal que Menard encuentra ramificado en todas las direcciones. Al tratar de coger sus ramas, deja caer más semillas, produciendo nuevas posibilidades para su expansión al infinito. Mediante "el arte detenido y rudimentario de la lectura" Menard aplicó una técnica que convierte cada lectura en un desafío enriquecedor ya que cada individuo tiene que llenar esos espacios a su manera.
Durante el proceso de lectura la actividad del lector busca concretar el potencial comunicativo del texto rellenando las lagunas y vacíos de acuerdo a las instrucciones codificadas en el texto. Este proceso de concretización, lograda por la eliminación de la indeterminación (los vacíos), permite la construcción consistente que lleva en últimas a la constitución del significado. En contraste con el lector tradicional que presumía encontrar todos los significados escondidos en el texto, la constitución de significados es vista como la experiencia resultante de la interacción entre el texto y el lector a través de todo el proceso de lectura.
La indeterminación en el sentido iseriano es la que impulsa al lector a interactuar con el texto. Iser insiste en que las interpretaciones pasadas forman parte de la respuesta contemporánea del texto. El texto se realiza a través de la lectura y en Menard esa lectura es contemporánea. El lector de un texto actualiza la multiplicidad de referencias sugeridas por el texto.
Pierre Menard, al igual que cualquier graduado se enfrentó con tanto Quijote en el camino que como molinos de viento convertidos en verdaderos monstruos le impidieron confrontar la obra misma. Posiblemente la crítica velada de Borges va en el sentido de que el crítico en lugar de ser un puente entre el lector y el texto se ha convertido en un obstáculo. Tal como lo señala Alvin Gouldner en El lado oscuro de la dialéctica son los intelectuales la nueva clase que impone sus designios sin ser los dueños de los medios de producción. Los críticos han suplantado a las antiguas divas y para llegar a las fuentes se exige ahora ir de la mano de ellos que como ciegos conducen a veces al abismo de la incomprensión.1
La capacidad personal es incapaz de apresar la resonancia histórica de las obras, por eso para Menard su tarea es difícil. Cervantes escribe criticando las novelas de caballería, cosa fácil, pero difícil para Menard que tiene que cargar con el peso de toda la historia y de los ríos de tinta que han corrido tratando de sepultar el original con citas gratuitas. "Justificar ese ‘dislate’ es el objeto primordial" del crítico que se enfrenta a esa monumental obra (por las ausencias) del francés emulador del castellano. Borges al presentar este texto lo hace como lector y como crítico. Como lector sabe que el texto está enriquecido y como crítico, que se mofa de los mismos, se da cuenta que la obra ha sido sepultada por tanta interpretación. La sinrazón de Menard está en crear un libro ya escrito como la sinrazón del Quijote fue revivir lo escrito en los libros de caballerías. Esa "ambición de Menard por producir una páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Cervantes", buscaba, sin caer en mecanicismos, captar con visión contemporánea lo que en su tiempo pudo captar ese autor. Así como Cervantes imitó punto por punto la retórica altisonante de los libros de caballería, Menard como contemporáneo debe imitar la retórica petulante de la crítica moderna. Por eso ahora no podemos dejar de pensar en el Quijote cuando se lee al Amadís como no se puede pensar ya en el Quijote sin que se nos atraviese un Menard.
Esa obra considerada por el crítico del relato como "la más significativa de nuestro tiempo", consta sólamente de dos capítulos y un fragmento de otro porque los otros resolvió perderlos sin dejar huella. No quería cometer el error de los filósofos que publican en volúmenes interminables las etapas intermedias de sus "nebulosas sofisterías". Para recusar su pobre autoridad, el crítico recurre al testimonio de altas autoridades en la materia. Los escritos de Menard, apoyados en autoridades idealistas, pretendían develar la lógica simbólica del racionalismo francés construyendo un vocabulario alejado del lenguaje común. Sólo los avezados sofistas creen como Menard acceder al conocimiento con sus elucubraciones conectadas al proyecto cartesiano. Esa "obra visible … de fácil y breve enumeración" se queda corta frente al proyecto magno menardiano.
Menard se atrevió a tamaña empresa identificándose totalmente con El Quijote, o el autor del mismo, no para componer otra obra igual, lo cual hacen muchos conferencistas que terminan cansados de los dedos índice y anular de tanto flexionarlos en sus charlas señalando las comillas, sino para superar al Quijote.
En don Quijote el pleito se falla en favor de las armas, cosa lógica en un militar. Para Menard, como crítico simbolista, tenía que ir más lejos, porque su realidad no tenía nada que ver con las luchas cotidianas externas, sino con su elucubración mental a priori de pensar, analizar e inventar.
Siguiendo a Husserl y Descartes, Iser piensa que el conocimiento que existe a priori es fundamental porque permite una reacción en cadena. Un lector sin conocimiento previo o experiencia tendrá una pobre interpretación comparado con quien la tenga. Aunque no hay nada malo con la interpretación individual, puede ser diferente de la intención original del autor o del texto. El texto impone límites a su respuesta del lector creativo mientras interpreta la lectura. Iser piensa que este proceso activo y creativo es el ingrediente necesario para hacer agradable el texto.
Es precisamente en esta actividad y participación del lector que Iser sitúa el texto como obra de arte. La estética sería un principio vacío de efecto potencial que se realiza estructurando las realidades externas y permite al lector activo construir un mundo que ya no es exclusivamente determinado como lo cree el pasivo lector.
El proceso de la lectura debe tener dos componentes para que sea válido. Los dos componentes son, el artístico, la creación del texto por el autor, y el estético, la concreción que el lector produce en el texto. Estos dos componentes deben unirse para que el lector se identifique con el texto. Iser cree que a través de la convergencia de lo artístico y lo estético, el lector amplía el texto permitiendo que fluyan sus experiencias íntimas. A través de este envolvimiento personal del lector, el texto puede progresar a un nivel más significante y significativo. En este nuevo nivel, el texto puede expandirse en la balanza obtenida entre lo artístico y lo estético, permitiendo que la imaginación del lector y la ilusión del texto se agrupen.
Preguntado García Márquez por Plinio Apuleyo Mendoza en un libro que tiene olor a fruta madura, que quién ha sido el mejor lector de su libro, Gabo le dijo que una señora soviética que copió Cien años de soledad de cabo a rabo porque según ella quería "saber quién es en realidad el que está loco: si el autor o yo, y creo que la única manera de saberlo es volviendo a escribir el libro" (81). Posiblemente esta señora semi-analfabeta que suplió su desventaja aprendiendo la semántica rusa copiando al pie de la letra Cien años de soledad, supere en creces al mismo García Márquez, porque convirtió la escritura en un acto de lectura buscando conocer los demonios que bullen en lo profundo de un creador.
Como lector activo de este texto, usted debe rellenar los espacios vacíos que por capacidad o deficiencia no he llenado. Si esa ambigüedad supera la de Menard, habré logrado la riqueza perseguida por Borges que espero se concrete en una respuesta a la carta robada.
Nota
1Los procesos hermenéuticos de que tanto hacen gala los críticos son una artimaña para ocultar el asesinato de Hermes el mensajero que bajaba a lo recóndito para volver cargado de mensajes. Como ejemplo hemos visto en clase el enredo que hicieron Claude Levi-Strauss y Roman Jakobson con "Les Chats" de Charles Baudelaire, o el de "La carta robada" de Edgar Allan Poe analizada por Lacan, Derrida, Johnson, Irwin y no sé cuántos más. En últimas los que terminan siendo robados son los lectores pues al caer en las redes de estos nuevos sofistas se olvidan que la carta (o la obra) sigue encima de la mesa o de los anaqueles esperando ser leída.
Apuleyo Mendoza, Plinio. El olor de la guayaba: conversaciones con Gabriel García Márquez. Editorial La oveja negra: Bogotá, 1982.
Borges, Jorge Luis. Obras completas 1923-1972. Editorial Emecé, Buenos Aires, 1974
Wolfgang. The Reading Process: A Phenomenological Approach. Fotocopias de clase.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home